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En medio de un mar de personas, más de 140.000 -que se estima que fueron a los conciertos- debiendo pagar un promedio de $100.000 por la entrada, un pequeño grupo de no más de 10 personas de la Fundación Paternitas, disfruta de un espectáculo de factura mundial y reconocido en el planeta por la calidad de la música y sus bandas.

Gracias a Sebastián de la Barra, responsable de la organización para Chile de este reconocido evento, y su equipo de trabajo, los jóvenes de la Fundación pudieron estar frente a frente, escuchando y tarareando, lo que al decir de algunos era un sueño jamás imaginado.

La realidad es que uno de nuestros beneficiarios, aprendiz de gastronomía, pudo fotografiarse con la banda Jungle, otro pedirle el jokey a un integrante de Vintage Trouble y otro estrechar la mano de uno de los músicos de la banda Alabama Shakes.

Estos hechos de inclusión son los que cambian la estructura íntima de un sujeto, a veces realizado sin darnos ni cuenta, pero que estremece de estupor al que lo recibe. Deja una huella que nunca se borra, capaz de ahondar en el núcleo más bello y profundo del alma, porque la vida siempre comienza ávida de esperanza pletórica de conmoción.

Se nos permitió ubicarnos con el stand de comida de Paternitas, en un privilegiado lugar, en relación estrecha y directa con un mundo que parecía a nuestros jóvenes, hasta este sábado y domingo, ausente y lejano. Dos mundos en apariencia opuestos, quizás ni tanto… que se encontraron, se reconocieron y se respetaron. Los jóvenes de Paternitas tuvieron la posibilidad de “educarse” en la experiencia Lolapalooza, venciendo sus propios límites físicos (extensas jornadas de trabajo), psicológicos y sociales. Así, con sus impecables vestimentas de trabajo y en directa relación con el bullir de esa multitud, comienzan su propio rescate, pero también y más importante todavía con el rescate de quienes son, muchas veces, indiferentes ante el dolor y el sufrimiento humano.

Padre Nicolás Vial Saavedra